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martes, 11 de agosto de 2009

La matanza de la SCJN sobre el caso Acteal...

Lamentable... Definitivamente lamentable. Espero que la SCJN no vuelva a decepcionar al pueblo de México y que los ministros de la Corte entiendan que el camino hacia la justicia en nuestro país no se puede sustentar en los cimientos de los amparos que pretenden conceder.. No son la base de un sistema justo y legal.

Leyendo y revisando información al respecto de la posible postura que tomará la Suprema Corte de Justicia de la Nación respecto a la matanza perpetrada en 1997 en la Comunidad de Acteal, municipio de Chenhaló, Chiapas, me encontré con un escrito digno de ser difundido. Joan Baucells Lladós escribió el texto que a continuación reproduzco (tal cual) y al cual no se le pueden agregar ya muchas cosas. Lo dicho por este jurista es nada más que la desgarradora y vergonzosa verdad. Qué lástima de sistema legal el nuestro... Sin más, el texto de Joan Baucells:

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Acteal, ¿y ahora qué?

Probablemente esta semana se hará pública la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en la que se concederá el amparo a una cuarentena de los que en su momento fueron condenados por la masacre de Acteal. Los argumentos utilizados por la Corte parecen estar relacionados con las irregularidades procesales de esos juicios. En concreto –según adelantaba El Universal en su edición de 6 de agosto– las condenas se habrían sustentado sobre "desaparición de evidencias, alteraciones de la escena del crimen, sustracción de inculpados y fabricación de testimonios". No es prudente comentar una sentencia a la que no se ha tenido acceso y menos criticarla por utilizar argumentos garantistas, aunque en sus consecutivas visitas a Chiapas la Comisión Civil Internacional para la Observación de los Derechos Humanos (CCIODH) pudo contrastar cómo era del todo evidente que la investigación sobre los hechos de Acteal estaba rodeada de enormes irregularidades.

Por esta razón no voy a dedicar la atención de estas líneas a analizar la sentencia o sus consecuencias prácticas, aunque estas últimas sean muy importantes, puesto que, entre otras cuestiones, representará la absolución de la mayoría de los hasta ahora condenados, sin aclarar si fueron ellos o quiénes los auténticos responsables; la ausencia de reparación del daño causado a las víctimas o la causación de posibles conflictos al regreso a sus comunidades. Lo que desde la perspectiva internacional merece ser analizado atentamente es que, de nuevo, bajo el velo de las garantías procesales el amparo de la Suprema Corte revela el colofón de la impunidad, ineficacia y parcialidad de la administración de justicia mexicana para impartir justicia en Acteal.


Respecto de la impunidad, pese a las evidencias, en ninguno de los procedimientos penales abiertos se ha procesado a los responsables de más alto nivel político y militar. Esta impunidad se fundamenta, entre otras razones más estructurales, en el sistema procesal mexicano de acusación, que atribuye la investigación y persecución de los delitos exclusivamente a la procuraduría. Al no existir la acusación particular, es el Ministerio Público, el que de forma exclusiva delimita los hechos susceptibles de persecución penal, califica jurídicamente el titulo de imputación penal y señala los posibles responsables de los mismos. En relación con Acteal, el Ministerio Público no calificó los hechos –pese a las evidencias– como constitutivos de crímenes de lesa humanidad, ni tampoco consideró la existencia del delito de asociación delictuosa –pese a la evidencia de que sus autores se organizaban en torno a grupos paramilitares– y, mucho menos, dirigió los procedimientos contra los auténticos responsables militares y políticos. Así, es más que evidente –debido al principio de jerarquía y sumisión al Poder Ejecutivo del Ministerio Público– que no se podrá nunca perseguir de forma efectiva a los altos responsables de estos crímenes. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha reconocido expresamente que "el Ministerio Público está concebido en México como una institución comprendida dentro del Poder Ejecutivo. En consecuencia, la autoridad presidencial o del gobernador incide sobre el monopolio exclusivo y excluyente del ejercicio de la acción penal".


Por otro lado, la impunidad también queda de manifiesto en la Recomendación 1/1998, referente a los hechos de Acteal, de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), en la cual se recomendó al gobierno de Chiapas –contra toda lógica de preferencia de la jurisdicción penal y su principio de vis atractiva– iniciar procesos administrativos contra buen número de servidores públicos. Incluso dentro de los procedimientos disciplinarios abiertos, en algunos casos fue declarada prescrita la acción para sancionar y en otros se absolvió de toda responsabilidad administrativa.


Por su parte, la ineficacia de todos los colectivos implicados en la administración de justicia no sólo se deduce de la impunidad, sino también de la forma en que se ha impartido la justicia en este caso. Por un lado, la misma CNDH reconoce que los cuerpos policiales no han cumplido "con eficacia y eficiencia su labor de investigación y persecución de los delitos y de seguridad de los gobernados". Por otro lado, como acabamos de apuntar, el Ministerio Público también ha dado muestras de ineficacia por, entre otras razones, su incapacidad orgánica para exigir responsabilidades penales a sus superiores jerárquicos, para calificar los hechos como crímenes contra la humanidad y por tomar decisiones de archivo pese a las evidencias existentes. Por último, también la actuación de los jueces y tribunales ha sido ineficaz en la medida que han cometido numerosas irregularidades que han posibilitado –como refleja la reciente sentencia de la Suprema Corte– la nulidad de las actuaciones realizadas y la consecuente vulneración de la tutela judicial efectiva a las víctimas.


Por último, la parcialidad de todos los órganos encargados de impartir justicia se evidencia en numerosos datos. Así, tras las muertes de Acteal, por ejemplo, y sólo por lo que respecta a funcionarios del Consejo Estatal de Seguridad Pública, debe recordarse que hubo usurpación de funciones para alterar el lugar del crimen, ocultando la evidencia de las pruebas, con la única finalidad de dificultar la persecución penal de los hechos. En la misma línea, funcionarios de la policía y del Ejército han evidenciado una clara complicidad con los autores de los delitos. Por último, la parcialidad también se manifiesta incluso en los propios jueces y en su canon de actuación selectiva, consistente en la absolución de los pocos cargos públicos respecto de los cuales se ha presentado acusación –pese a la evidencia de las pruebas–; instruyendo indebidamente las causas –cuestión que ha provocado la declaración de la nulidad de las actuaciones–; inaplicando las órdenes pendientes de aprehensión o absolviendo a los condenados del pago de la reparación del daño a las víctimas.

La sentencia de la Corte no puede representar el punto final al caso Acteal. Dos son las principales consecuencias que deben derivarse de ella. De entrada, lo lógico en un estado de derecho sería que, otorgado el amparo, las actuaciones se retrotrajeran hasta el inicio de la instrucción para que representantes de la procuraduría, de forma libre y responsable, pudieran presentar cualquier tipo de acusación –incluyendo la comisión de crímenes internacionales– contra todos los responsables intelectuales y materiales de la matanza, para aclarar, de acuerdo a derecho y sin ningún ápice de impunidad, quiénes fueron los responsables de esos hechos –cayera quien cayera–, para tras un proceso con garantías y sin dilaciones se llegara a su efectiva condena y a la reparación de las víctimas. En segundo lugar, un auténtico estado de derecho no podría soportar que no fueran sancionados los funcionarios públicos responsables de las graves irregularidades que han fundamentado el amparo, no sin antes investigar cuáles fueron las razones que llevaron a esos servidores públicos a hacer "desaparecer evidencias", "alterar la escena del crimen" o "fabricar testimonios". Y, sin embargo, todo el que tenga un mínimo conocimiento del sistema judicial mexicano, intuirá que nada de lo anterior llegará a suceder. A los ojos de la comunidad internacional el amparo de la Suprema Corte pone en evidencia que las esperanzas de justicia en Acteal sólo pueden fundamentarse en el recurso a los instrumentos de justicia internacional.
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Joan Baucells Lladós es Profesor de derecho penal en la Universidad Autónoma de Barcelona, ex magistrado y comisionado en la VI visita de la CCIODH.

Este texto fue tomando de la página oficial de Rebelión
Para acceder al texto directamente, haz click aquí

lunes, 1 de diciembre de 2008

El valor de ser cobarde

Comparto este texto con ustedes. Ingenioso.

"El valor de ser cobarde" de Koldo Campos Sagaseta
Fuente: www.rebelion.org
Link aquí

" Los cobardes nunca han disfrutado de una buena prensa.

Sobre ellos se han dicho y escrito los más rastreros epítetos, como si los cobardes alcanzaran tan penosa y triste condición por gusto. Pero nadie es cobarde por vocación ni es tampoco el temor la razón de ser de la cobardía.

Lo que el vulgo toma por cobardía no es más que la sabia prudencia del hombre comedido que siempre sabe calcular todos los riesgos y medir las consecuencias de sus actos.

Nadie ha muerto nunca por cobarde. El supuesto cobarde podrá ser ofendido, ridiculizado, injuriado, pero al día siguiente de padecer tantos agravios pudo estar vivo para contarlo o para esconderlo.

Los valientes nunca tienen mañana y bien lo saben los cementerios que guardan a aquellos arrojados que irguieron orgullosos sus cabezas y desafiantes abombaron sus pechos, hasta encontrar un catafalco a la exacta medida de su hombría.

El cobarde que sobrevivió para contarlo tiene a su favor la posibilidad de retocar el relato de su miedo hasta convertirlo en una heroica epopeya. Y para poder hacerlo, un imprescindible requisito es seguir vivo.

Muchos de los que hoy tenemos por valientes no fueron otra cosa que cobardes con buena pluma.

El tenido por valiente soldado griego que a la carrera recorrió cuarenta kilómetros para contar la trágica derrota sufrida y prevenir al pueblo de Atenas de la amenaza que se cernía sobre la ciudad, sólo era un soldado dotado de unas prodigiosas piernas que, alentadas por un pánico mayúsculo, huyó despavorido de la masacre de sus amigos y compañeros de armas, sin detenerse ni para mirar atrás. Y así, a la carrera, llegó a Atenas sin saber que llegaba. Tanto era su espanto que el corazón no quiso perdonarlo.

Aquella pomposa declaración de intenciones, frase célebre donde las haya, de "prefiero morir de pie a vivir de rodillas", al margen de su teatral emplazamiento nada más nos aporta que unas rodillas magulladas. Vivir de rodillas no es tan incómodo ni tan traumático. Sólo hay que adquirir unas consistentes rodilleras que nos ayuden a evitar los callos y dar gracias a Dios por permitirnos vivir más cerca del suelo. Al día siguiente podremos seguir viviendo y narrando la historia de aquel que murió de pie. "

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jueves, 5 de julio de 2007

Una carta escrita por el "sup"...

Por allí navegando en el sitio web de "Rebelión" me encontré con una carta reciente que el Subcomandante Marcos escribió para Elías Contreras (como si fuera de él) para que se la entregara a Magdalena... No cabe duda que el 'Sup' sigue siendo todo un artista en el manejo de la palabra. Sin más, se las dejo para que la chequen!! (Hay algunas frases que el sub de veras tejió de una forma impresionante... realmente genial!!)


Magdalena:

Te vi de madrugada. Escondida o encerrada estabas en una torre de calendarios y geografías absurdas que me decían que no era bienvenido. Pero, apenas un momento, y te asomaste entera, hermosa y desnuda de prejuicios, luchando a favor de este nadie que soy y rescatándome de una noche ajena. Yo me quedé temblando, aún lo estoy. Deslumbrado todavía, en los pasos que siguieron y dimos juntos, lo que antes entró por la mirada, suavemente se llegó a mi pecho por camino desconocido.

Te vi, y yo pensé que eso me bastaría, que tu imagen sería suficiente para tomar fuerza y alejarme para que, cuando el tiempo pidiera cuentas, el saldo fuera apenas un recuerdo de la tormenta que por cabellos llevas, el collar de besos que imaginé para tu cuello. Pero no, no fue suficiente. Necesito colgarte cien suspiros al oído y recorrer tu geografía con mis labios. Y necesito que mis manos se dibujen en tu cintura y tus caderas, que mi sed encuentre alivio entre tus piernas, que renazcan mis dedos sobre tus senos, que tu boca me diga lo que no me dirán tus palabras, que mi piel más sombra sea en la luz de la tuya.

Ya nada basta. No basta con que sueñe que te tomo por la cintura, que te acerco a mí y que a tu cuello llega mi aliento, que dudan mis manos entre uno y otro pecho, que me restriego a tus caderas y que tu humedad me guía. No basta con pensar que tu tormenta me estalla en la cara, ni que me piense y te piense conmigo dentro, con el deseo montado en piernas y caderas, corriendo a ninguna parte, atento al gesto que en gemidos dibujas. No basta imaginar que me tienes, que me enseñas a encontrarte, que me haces hacerte, que te dibujas entre mis brazos, que tiemblas y me tiemblas. No basta que reconstruya en la mente lo que tal vez no pasará nunca: el quitarte la ropa y los miedos, el desnudarte las ganas, el abrirte por el vértice sombreado, todo deseo, todo misterio, el entrarte hasta el sitio que anule por fin toda razón y que sólo la carne mande. No basta que trate de distraerme detrás de las palabras que arrojas, fallidas puertas de salida, ventanas que no invitan a asomarse siquiera, paredes cerradas.

He tratado de tomar distancia, de hacer complicadas cuentas de días, kilómetros, horas, calles frías, laberintos, olvidos. Consulté mapas que confirman que el tuyo es otro mundo. Ha sido inútil. Esta mañana, por ejemplo, me he hecho el firme propósito de tomar distancia, anteponer un montón de razones para irme ya alejando y decir adiós sin palabras, que siempre es el adiós más difícil, el más artero. Pero apenas te he visto y he olvidado hasta la hora. Bastó que desde lo lejos intuyera una tormenta, para que botara propósitos y razones, para que el corazón y las ganas se desbocaran, y para que un cuello suspirado me robara todo el aliento.


Magdalena, yo sólo quería decirte que me gustas y que quería acercarme a ti. Pero acercarme como un hombre se acerca a una mujer que le gusta. Algo así como tomarte de la cintura y acercar tus pechos al mío, acercarme a tu cuello, decirte algo tierno y dulce al oído, mordisquear las manzanas de tus mejillas y llegar a tus labios con un beso, imaginarte un jadeo si mis manos te rehicieran los senos, intuirte un sueño si mi abrazo te tomara prisionera la cintura, soñarte soñando conmigo dentro y dentro mío. ¿Hago mal en desearte, en que mi piel quiera tocarse en la tuya, en buscarte para encontrarte como se encuentran un hombre y una mujer que se gustan, es decir, desnudos y sedientos? ¿Hago mal en decirlo o en hablarlo con silencios?

Yo lo que quiero es encontrarte para invitarte a perderte conmigo, Magdalena, que la piel le hable a la piel el deseo que callan las palabras y que el silencio habla… Espero entonces, tu silencio y tu palabra.


Vale. Salud y que en la tormenta de la noche los cuerpos sean la barca.
Elías Contreras.


Fin de la carta para la Magdalena que Elías, afortunadamente, nunca entregó.